Hace unos años, surgió una corriente psicológica denominada Psicología positiva que parte de unas bases muy esperanzadoras y optimistas. Es cierto que otras corrientes se basan más en los sentimientos, síntomas negativos y en el tratamiento de éstos, y se olvidan de elementos tan importantes como la inteligencia emocional, la felicidad, la creatividad, las emociones positivas o la actitud positiva.
Evidentemente a todos nos encantó la psicología positiva. Por fin, un halo de luz optimista en el camino, retomando de alguna manera la filosofía originaria de Aristóteles que habla de cosas tan importantes como la inteligencia emocional y la gestión de las emociones.
Sin embargo, la mala interpretación de la psicología positiva, de manera inconsciente en algunos casos y manipulando su esencia en otros, ha generado controversia y confusión entre los propios profesionales del sector y las personas que han intentado llevarla a la práctica.
La psicóloga Julie K. Norem profesora de Psicología de la universidad De Wellesley (EE.UU.) que lleva más de veinte años estudiando el lado positivo del pesimismo, como refleja su libro “El poder positivo del pensamiento negativo” (Paidós, 2001) o Gabrielle Oettingen, profesora de Psicología en la Universidades de Nueva York y Hamburgo, y autora de “Rethinking positive thinking: Inside the new science of motivation” (Current, 2014), y muchos filósofos y pensadores en general, ya advierten del peligro de estas malas interpretaciones o manipulaciones de la “psicología positiva” y de lo poco realista que puede ser en muchos casos, ya que no tiene en cuenta una realidad concreta. Y es que en esta vida no es todo color de rosa, y de las experiencias malas también se pueden aprender muchas cosas.
La actitud positiva se centra fundamentalmente, en que aunque las cosas vengan “daleadas” debemos tener actitud optimista, de forma que cambiando nosotros mismos puedan cambiar las situaciones, contextos e incluso personas que nos rodean a mejor.
Totalmente de acuerdo. Las personas que me conocéis sabéis de sobra, que tengo frases que van por este camino, como que “los problemas se arreglan de dentro para fuera”, o que “para cambiar las cosas debes empezar por ti mismo”.
Entonces, ¿dónde está el peligro?. Imaginemos que mi jefe no cumple su propio horario, que me despiden del trabajo, que mi mujer me deja, que no me valoran lo suficiente… o mil situaciones que nos podemos encontrar en el día a día de nuestro desarrollo vital. Vale, no es un “drama”. No se me ha muerto nadie y gracias a Dios tengo un plato de comida y una cama. Pero ¡oye!, llámame pesimista, vísteme de negro y dime que soy muy negativo. Pero me siento fatal, ¿tengo derecho? o ¿no me lo puedo permitir?.
La esencia de la gestión de las emociones y de la inteligencia emocional e incluso de la propia psicología positiva, es no reprimir estos sentimientos. En este sentido, los pasos naturales a seguir cuando nos sentimos mal por algo en general serían:
- Reconocer mis emociones.
- Preguntarme porqué las tengo.
- Y, por último, decidir qué voy a hacer con ellas.
Por tanto, ejercer control sobre nuestras emociones NO ES REPRIMIRLAS. Sí estás enfadado, irascible, triste, decepcionado, frustrado e incluso irritable, no pasa nada porque estés nervioso, porque tengas estrés, porque tengas mala cara, porque se te escape algún grito o des una mala contestación en un momento dado. El problema es que tu reacción se quede ahí, o que esos sentimientos los dejes en tu cabeza durante un tiempo prolongado sin hacer absolutamente nada por solventarlos. Debes poner en marcha los tres puntos básicos que hemos puesto anteriormente y, por supuesto, la mejor de las actitudes ayudará.
Ante el llamado “Optimismo por Decreto”, debemos ser realistas y encontrar el equilibrio, tan ansiado y a la vez tan difícil, de las cosas. Ser optimista por decreto, no te permite tener los pies en el suelo y en la práctica, pone dificultades para decir que NO, rebaja tú nivel de resolución de conflictos, reprime tus verdaderas emociones, genera frustración y ansiedad…
La persona que quiera imponerte el optimismo puede ser por dos aspectos fundamentales: o carece de empatía o le interesa.
Sentir las emociones no se puede controlar aunque nos pasemos huyendo de algunas, en concreto, durante toda nuestra vida. No queremos ni ver asomar al miedo, la soledad, la tristeza, la ira.. Es remar a contracorriente, y eso cansa mucho. Las emociones están y estarán siempre, viven con nosotros e incluso nacemos con ellas. Luchar contra esto es crear un estado de ansiedad enorme, que lo único que hace es empeorar las cosas.
A partir de aquí podemos hablar de actitud, pero no al revés. Al revés es empezar la casa por el tejado y lo más seguro es que se caiga.
En contra del optimismo por decreto, voto por un “Realismo Fluido”, en el que seamos conscientes de que la vida nos da y nos quita, que a veces nos sorprenderá de manera negativa y a veces positiva, que aprenderemos de cada una de las experiencias que desarrollemos en ella, y que adaptarnos y fluir con las circunstancias nos ayudará a ser más felices.
La actitud positiva es la consecuencia del cambio pero no el comienzo. El comienzo empieza por conocernos a nosotros mismos, por querernos y aceptarnos tal y como somos, por ser conscientes de las mejores características de nuestra personalidad y también de las que tenemos que trabajar.
Comienza por no oprimir, reprimir o huir de lo que siento.Una vez sentadas las bases, debemos empezar a andar con las mejores de las actitudes. Ser positivo y constante, perseverante en nuestros objetivos que empiezan por un sueño o pensamiento. Y cuando nos demos cuenta, todo será mejor.
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