El Marciano Mariano es el título de uno de los cuentos que mi hija de cinco años me pide que le lea justo antes de dormir. Como su propio nombre indica, trata de un marciano llamado Mariano, que viene desde su planeta a visitar la tierra y sus habitantes.

Mariano está ilustrado con los típicos clichés de los extraterrestres; su cuerpo de color verde, regordete, antenas, nariz grande y gorda… viaja por los confines del universo con su platillo volante. El marciano Mariano es bueno, viene de otra realidad diferente a la tierra sin más pretensión que conocer y experimentar la cultura, costumbres y relacionarse con los diferentes seres vivos que habitamos en ella.

Pero cual es su desagradable sorpresa, cuando los habitantes del pueblo en el que aterriza su platillo volante, deciden esconderse en sus casas y dejar el pueblo como el desierto del Sáhara, al tener miedo e inseguridad a lo desconocido y al ni siquiera intentar entender y conocer al marciano Mariano, solo imaginando que viene a hacerles daño, conquistarles o experimentar con sus cuerpos.

El marciano Mariano, al encontrarse en una situación real de rechazo, exclusión y miedo generalizado, se siente diferente a los demás (en realidad lo es, todos/as lo somos) solo, sin oportunidades de sociabilidad ni de si quiera poder poner en funcionamiento sus habilidades sociales (las que tuviera) para darse a conocer y sentirse incluido, con un “roll” en el pueblo.

Ante este cuadro y estos sentimientos encontrados, el marciano Mariano decide montarse en su platillo volante y volver a su planeta apesadumbrado, incomprendido, triste y enfadado, y con muy pocas ganas de volver a intentarlo.

Debido a mi contexto laboral, no pude evitar la comparativa. Está claro. Las personas con enfermedad mental que atendemos en el Centro de Rehabilitación Psicosocial e Investigación de Asaenec, son todos/as “marcianos marianos”. En algún momento de su vida lo pasaron muy mal, por circunstancias que ahora no vienen al caso. La cuestión es que fue tan horrible, se sintieron tan incomprendidas y tuvieron tanto miedo, que acabaron solas, sin tener relaciones con casi nadie y en muchos casos ni saliendo de casa.

Al intentar volver a la vida, al intentar volver a ser seres sociables (que ya requiere un esfuerzo) debido al estigma social y al desconocimiento de la gente, no se sienten aceptadas. Se sienten evaluadas, observadas, diferentes… se sienten marcianos… y en muchos casos desisten de su esfuerzo y vuelven a la situación que estaban o por lo menos a no volver a intentarlo más.

El estigma social se transforma en autoestigma o estigma percibido.

La sociedad debe ser consciente, de una vez por todas, que personas que han sufrido o sufren psiquiátricamente, no son diferentes a las demás y ni mucho menos son agresivas, ni violentas, ni peligrosas. Que pueden recuperarse y se recuperan, que hacen vidas totalmente normalizadas aunque esto no salga en los medios de comunicación. Que cada día para ellas es un día de superación como para el resto, pero elevado al cubo.

Que necesitan más que nadie, comprensión, escucha, cercanía, afectividad y oportunidades para ser lo que ellas quieran ser y llegar a dónde ellas mismas quieran llegar. Que son simplemente personas… no marcianos.

Todos podemos ayudar mucho más de lo que pensamos, simplemente actuando con ellas como con cualquier otra persona de nuestro entorno, con naturalidad.

Rafael Ruiz Castillo

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